Hablá

Otros textos

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¿Por qué no debería hablar de mi salud mental? O más específicamente, ¿por qué no se debería hablar o compartir cuestiones respectos a desórdenes mentales, psicológicos, psiquiátricos? ¿Por qué no debería compartir mi experiencia de sufrir años y años de TOC desde mi niñez, con un sufrimiento espantoso durante casi toda la escuela primaria, sin saber qué me pasaba, por qué tenía tanto miedo y ansiedad, y así me las arreglé para esconderlo, maquillarlo, negarlo a todos mientras por dentro era un infierno? ¿Por qué no hablar de mis trastornos alimenticios que sufro desde mi pubertad, de mis incontables días contando calorías, negándome a comer, torturando a mi cuerpo y en especial, torturando mi mente a niveles insospechados? ¿Por qué no debería hablar de las profundas depresiones que he sufrido, de los abismos que he tocado?

Por supuesto que quiero llamar la atención, porque el tabú en torno a la salud mental en general es tan grande aún que cualquiera que hable de ella es inmediatamente etiquetado y juzgado. Nunca se sabe si tu experiencia puede ayudar, aliviar, arropar, dar un click en la cabeza a otros. El estigma es tan pesado que mucha, muchísima gente pasa largos años de su vida, o toda su vida, negando sus problemas, negando necesitar ayuda, negándose a admitir que probablemente necesite a un otro para ser escuchado, alojado, en fin, reconocido, porque el desvalorizar los propios sufrimientos y emociones hacen a un no reconocimiento de uno mismo en su humanidad, en los dolores que como tal somos susceptibles de vivir.

El silencio, tan necesario a veces, es en otras tantas un guardián terrible. Hablar no sólo puede ayudar, sino salvar. Nadie tendría que pasar en soledad o en silencio la cárcel de sus propios pensamientos, ideas, vivencias, dolencias. Nadie tendría porqué enmascarar su pesar por sentirse obligado a mostrar felicidad, bienestar, o más aún, normalidad. Si bien la normalidad en términos de salud mental refiere a lo no patológico en cuanto provoca sufrimiento, la normalidad generalmente entendida provoca consecuencias terroríficas por momentos, acorde a un discurso que forma un triste sentido común: “¿cómo te vas a medicar, estás loco/a? ¿vas al psiquiatra? estás mal de la cabeza ¿hacés terapia? tenés cosas que ocultar? ¿Depresión? ¿Ansiedad? Cosas de gente que está al pedo” y así un largo etcétera. 

Te sentís mal, hablá.

Querés llorar, hacelo. 

Te es un suplicio cada hora, cada día, pedí ayuda. 

¿Pensás que no merecés ser escuchado y ayudado? No es así. No importa cuántos te lo hayan dicho, no importa que tu propia cabeza quiera convencerte de lo contrario. No es verdad. 

No está mal hablar de salud mental.

No estás demente si necesitás tomar medicación.

La información derriba prejuicios y miedos, propios y ajenos.

 

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Ni siquiera

poemas

En este momento no quiero escribir para nadie,
no es que escriba para alguien,
aunque ese alguien tenga muchas veces el nombre de ustedes.
No es que escriba simplemente para mi,
no,
no escribo simplemente para mi.
Escribo porque así me exorcizo,
exorcizo al mundo,
exorcizo a la gente,
con sus estúpidas y ridículas caretas.
Descifro el lenguaje de mis latidos,
a medida que el temblor del pulso avanza
al borde del abismo.
Y esto que se erige así,
esto,
esto es como la columna vertebral de mi silencio,
el fruto pendiendo maduro hacia las manos de la muerte,
porque aquí también exorcizo a la muerte,
y a la vida,
tal como son,
amantes inquebrantables.
Y en este momento,
como he dicho ya,
no quiero escribir para nadie,
ni siquiera para mi,
ni siquiera para decir
tan sólo decir
en este grano de arena suspendido,
que el reloj no existe,
hasta que con furia y certeza
mis nervios presionen esta sangre
que no deja de estar sobre este papel.
No se mueve de este papel.
No,
ni siquiera eso…
ni siquiera eso…

Piezas

Mis fotografías, Otros textos

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Este es mi cuerpo ahora, con lo que se dice “unos kilos de más”, luego de muchos meses en bajo peso, a base de una restricción aguda de alimentos y de sobre exigir a mi organismo. En este momento no se me ven las costillas, los huesos sobresaliendo, las ojeras marcadas, la cara cadavérica, la hipoglucemia, los desmayos.

Sufro de trastornos alimenticios (episodios de anorexia nerviosa y bulimia restrictiva) desde mis 13 años, es decir que más de la mitad de mi vida mi cuerpo se convirtió en el campo de batalla de mis depresiones y ansiedades. En otras palabras, el cuerpo siempre habla, expresa, grita y muestra  las tormentas mentales.

Los trastornos alimenticios (o TCA “Trastornos de la conducta alimentaria), así como CUALQUIER otra condición mental, son condiciones psiquiátricas. NO son elecciones, así como nadie elige enfermarse de cáncer. NO son caprichos, como si fueran un juego. NO son una moda. NO son glamurosas ni tienen absolutamente nada de románticas. Son infiernos mentales, y se expresan de manera particular en cada persona en particular, porque cada uno tiene sus propios porqués e historias como trasfondo, cada uno posee sus detonantes. Cualquiera las puede sufrir: niños, adultos, mujeres, hombres, de cualquier procedencia, de cualquier extracción social. No discriminan, aunque en el imaginario colectivo existe determinado estereotipo, donde mujeres blancas, de cierto estatus social, etc. son LA imagen de este tipo de enfermedades. Generalmente mujeres que quieren ser flacas para parecer modelos o simplemente “llamar la atención”… se ven en libros, películas, en cualquier parte… y sí, es muy frustrante y enojoso, ya que este tipo de estereotipos lo único que hacen es consolidar la idea de que no son condiciones realmente serias, graves, con un índice de suicidio entre los más altos, que implican un sufrimiento muy profundo, enfermedades muy complejas, multicausales, sino más bien una especie de vivencia con un aura de glamur, como un costo a pagar para encajar, para graficar a nenas de mamá que sólo hacen escándalo por una comida, por un pesaje, por un gramo de más. Lamentablemente este tipo de cosas además provocan una grave consecuencia, que es que muchísima gente no se anime a pedir ayuda por sentirse avergonzada, no suficientemente enferma (“ ¿anoréxica vos? Si no estás tan delgada” “Estás muy delgada, comete una hamburguesa” “¿Enferma vos? Sólo querés llamar la atención, madurá”, y un largo etc.), poca cosa, y sobre todo con no saber cargar con el terrible estigma que existe en torno a todo lo referido a la salud mental.

Me es difícil subir esta foto. Pero en otro momento me hubiese sido totalmente imposible siquiera pensar en hacerlo. Eso es indudable. Me queda un largo trecho aún en mi tratamiento, sin embargo comenzar a agradecer a mi cuerpo es una buena manera de no perder (tanto) el rumbo, agradecerle por sostenerme, por luchar tantas batallas, por soportar autolesiones, desprecios, odios, operaciones al borde de la muerte, por ser lo que me permite ser. Estar. Y eso, simplemente estar, es un logro.

Pedir ayuda es una de las cosas más valientes (y muy difícil) de hacer. Tardé muchísimos años en permitirme ser ayudada, en terminar de asumir que realmente la necesitaba, pero sobre todo, de sentir que la merecía.

Estar en tratamiento o sufrir de trastornos mentales no te convierte en loco, ni peligroso, ni ninguno de los tristes estereotipos que circulan por doquier.

Somos humanos y cada uno tiene sus rupturas, sus fantasmas, sus voces.

Hablá.

 

Sin categoría

Querés correr pero estás petrificado. Querés llorar pero tenés un dique en los ojos. Querés gritar pero la garganta se ahoga. Querés morir pero deseás vivir.

Todos los días, cada día, exactamente igual al otro, allí en tu cabeza. Todo te pesa, todo te duele. Sentís la presión en las articulaciones, en cada movimiento que hacés. Los pensamientos, como filos, pasan incansablemente. Estás allí, en un lugar demasiado remoto, sin banderas, sin límites. No podés más que sostener tu cabeza para no caer aún más.

Y sentís que la angustia no se corta, no se quema, no se asfixia. Se la extirpa, como un silencio doloroso en el pecho. El abismo está afuera, pero el miedo lo encarcela dentro.

Belleza

poemas

Hay belleza en el mundo.

Hay belleza en una fórmula matemática.

Hay belleza en la tórrida complejidad de nuestro cuerpo.

Hay belleza en el ritmo de un poema.

Hay belleza en la vasta indiferencia del universo.

Hay belleza en el hexágono de un panal.

Hay belleza en la muerta luz de las estrellas.

Hay belleza en el grito desesperado del silencio.

Qué es el mundo

Sino este silencio compartido.

Este devenir de cosas rotas

Esta belleza que se desmorona.

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I

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El pasado está en el cuerpo. Demasiado tiempo con la mortífera somnolencia, demasiado tiempo hasta abrazar la vida, tanto que se ha conformado un perfecto útero que demanda y no cesa, mientras los artilugios se van acabando y hay algo que pide tregua.

Diosa de nadie

poemas

No digas que soy perfecta,
no pronuncies poesías como oraciones,
no pienses que mis gemidos son como cantos celestiales,
no pienses que mi piel se desintegra bajo tu boca,
no grites mi nombre como si yo fuera una deidad dormida a tu alcance.
Elévame en mi terrenalidad,
alaba mi cuerpo y mi alma como si fuera tierra desnuda,
abraza mi barro,
mi fuego
como la sangre que nace de un silencio tardío.
Elévame enterrando tus raíces como cuchillas
en la carne de la Madre eterna.
Porque soy mi propia mano,
porque soy mi propia muerte,
porque me elevo en soledad como un ave de paso,
por favor,
extraño con nombre de tiempo muerto,
extraño con ojos de seda,
déjame morir en el ansia del mañana,
cuando sola y desposeída
renazca entre hierbas y un sol soberbio
abrazando tus formas sensuales y tus dedos dormidos.
Por favor,
extraño en mi lecho futuro,
extraño con todas las letras existentes y ninguna,
extraño que sólo sueño,
que sólo sueño como un reflejo,
sea quien seas
el tiempo dirá tu voz.

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